Sobre “Sin nombre, como la muerte”
de Hernán A. Isnardi
Por Diego Rodrigo Alonso
En sus clases de “Arte y Sociedad” el profesor Domin Choi solía bromear al respecto del arte contemporáneo. Decía que por fin el arte había abandonado su inútil afán de trascendentalidad y representabilidad del mundo y había desnudado su naturaleza verdadera y última: “El arte no es más que una de las formas de la decoración” decía, “sofisticada y costosa, es cierto” aclaraba. “pero los artistas no son más que decoradores, no finjamos más”, remataba al final.
Esa observación, aunque con un claro espíritu burlón, desempolvaba una vieja pregunta en desuso: ¿Qué es el arte?”.
En literatura, la pregunta por el ser de la Literatura también pareciera haberse desestimado, como si ya no importara, y, aunque ningún estudio ontológico podría dar una respuesta cabal y definitiva, sin embargo, esa pareciera ser la pregunta última ante cualquier obra.
Hay un programa de televisión por cable en donde se entrevistan escritores, filósofos, historiadores y otros que se suponen de alguna importancia en la vida cultural argentina. El entrevistador en algún momento les preguntas cuántos libros ha leído en los últimos meses. ¡¿Qué importa?! Me pregunto indignado cada vez que soy testigo del momento. Supongamos que la respuesta fuera uno, o mil, qué diferencia habría. A quién puede importarle cuántos libros atesoro en mí, qué es lo que se supone que determina ese guarismo.
Creo, siento, pienso que esa pregunta sólo es posible por lo que la literatura contemporánea ha hecho consigo misma, y proyectado, por ende, en su propia historia. Pese a todas las excepciones que pudieran señalarse, hay un espíritu en la literatura contemporánea que permite que uno pueda anexar lecturas indiscriminadamente. La narrativa contemporánea no ofrece ninguna resistencia; más allá del placer, o del disgusto que pueda generar un texto, no hay nada expulsivo en sus odres. La literatura se ha vuelto amable, afable, coloquial. Pero no por espíritu universalista, sino por defecto conceptual. Como si los escritores quisieran que ellos y sus obras sean olvidados rápido, como si aquello que escribieran no fuese más que un entretenimiento. Muchos escritores parecen haber olvidado que no es tarea del arte describir el mundo, sino darle visibilidad a lo que antes estaba vedado, Paul Klee en su libro “Para una teoría del arte moderno” lo decía de modo sintético y determinante: “El arte no reproduce lo visible: hace visible”.
“Sin nombre, como la muerte”, desde su título nos ofrece resistencia; una resistencia cabal y definitiva. Todo en ella es sórdido y angustiante, triste como una tarde de lluvia tras los ventanales de un hospital.
Hernán Isnardi no parece haber olvidado a Paul Klee, ni a toda la preceptiva de aquellos escritores y artistas que llevan siglos persistiendo en la memoria del mundo. Asistimos y padecemos el dolor, los temores y la angustia de un hombre ante la muerte, pero no la muerte propia, sino la peor de las muertes: la de un hijo apenas nacido. Y el modo en que todo aquello nos es puesto al alcance no es la mera descripción, sino la voluntad persistente de inocular visibilidad a sentimientos olvidados e ignorados: el dolor y el amor paterno. Y su manera de contarnos sobre ése dolor no es amable, sino perturbadora. Su novela tiene la respiración asmática de un moribundo que nos obliga a quedarnos a su lado hasta el final. Y si uno decide quedarse, es porque la belleza poética y preciosista de su prosa nos confunde, nos hace creer que finalmente nos salvaremos de la asfixia, pero no lo hacemos. Todo se muere, en la novela y en la substrucciones sublunares nuestras, como le gustaría oír llamarnos a Verne.
La muerte, la respuesta para todas las preguntas y la pregunta para todas las respuestas. Nos morimos, y da igual el nombre con el que nos hayan bautizado.
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