Sin nombre, como la muerte
de Hernán A. Isnardi (Buenos Aires, 2011)
Por Marina Porcelli
“El tiempo no existe. / No sé si alguna vez existió. / Aparece, sí, de a ratos.” Así comienza Sin nombre, como la muerte, la primera novela de Hernán Isnardi, publicada este año en Buenos Aires, que cuenta la historia de un hombre que lleva a enterrar a su hijo. Este único hecho ―y subrayo único porque considero que, formalmente, todo el libro se organiza sobre esta clave: el recorrido físico y espiritual del padre que carga a su hijo―, este hecho se va desplegando y profundizando en varios niveles, que se articulan como en un montaje: se narra el momento en el que el hombre, luego de recibir la noticia del hospital, escapa con el bebé y busca el cementerio; se narra, también, un año después de esa situación, cuando el hombre se ha divorciado; y aparecen, en simultáneo, “notas al margen” con comentarios que apuntalan lo que ocurre. De este modo, fragmentariamente, como en pliegos y siempre ahondando cada vez, la prosa construye una esfera de tiempo, una suerte de galaxia, donde todo parece suceder al mismo tiempo. Y, sobre todo, donde el dolor nunca cede. Estas son las coordenadas que Isnardi atribuye al duelo, a la pérdida: una desesperación que se estira, que se continúa como un moebius, y la consecuente ruptura del tiempo, la eternización del instante, o “el momento quieto”, como él llama. Que enloquece, que mata lo que está vivo, que se acerca al suicidio, que termina por preguntarse qué es, entonces, estar muerto. Cito textual: “La muerte de un hijo es (…) Es un lugar donde no corre aire, un momento quieto” (página 37). Y también: “No sé lo que es el tiempo pero sabía que estaba cayendo infinitamente en él.”
Con un ritmo pausado, dictado por el uso del tiempo presente y la primera persona, como si la prosa quisiera registrar milimétricamente los desplazamientos de la conciencia; con una hermosa tensión poética, que, por momentos, roza el ensayo y la filosofía ―las lecturas y las citas, siempre precisas, van construyendo también la trama―, Sin nombre, como la muerte puede leerse como un calidoscopio del desasosiego. Esta es la primera novela de Hernán Isnardi. A él, a Isnardi, lo conocemos por su trabajo como traductor, por sus muchísimos años en la dirección de La máquina del tiempo y en la coordinación de talleres literarios. Su obra de ficción, ahora, está a la altura de sus otros trabajos.
Quiero destacar, por último, un detalle no menor. La actitud de Isnardi respecto a la literatura: su manera de concebir la escritura, su modo de entender la lectura y la publicación. Su convicción de que la literatura siempre tiene algo que decir, siempre da algo, siempre otorga, y es realmente una alegría que así sea. Celebremos. |