|
"Sin nombre, como la muerte"
novela de Hernán A. Isnardi
|
|
Fragmento 1
Los terrones se van haciendo barro. El más sucio. Porque mancha, tapa, ahoga. Ese barro me dice que otra historia comienza. La más importante acaba de terminar.
No quiero que lo entierren o quiero que me entierren con él. Pero lloro y lloro, llueve y llueve… y no puedo moverme. Estoy paralizado. Se va nomás y yo silenciado, lo dejo ir. No me reconozco.
Un anónimo terrón cae sobre el cajón pequeño. Desde que sale de esa mano desconocida hasta que impacta, la vida se detiene. Pasan años. El tiempo muta según personas, según circunstancias. La tierra de los dedos es distinta de la de la madera. La primera acompaña, la segunda tapa. La primera es poca, siempre cabe en una mano. La segunda es la suma de las manos.
En qué momento de esa distancia cambia la tierra de significado. Por qué cambia.
La muerte se tolera porque todos mueren. El hombre soporta estúpidamente los destinos masivos, como si eso no significara lo que realmente es.
Todo terminó.
Vuelvo al auto.
Te recuerdo sin ojos. Yo sin ojos, el recuerdo sin ojos. Vos, mi bebé, tenés los ojos más grandes y hermosos.
Entonces, ahora qué... |
Fragmento 2
La noche, como un cíclope ciego, no puede hacer otra cosa que cubrir de negro lo que no ve: todo. Pero la luna, su ojo blanco, se enciende, para que no temamos, para que sólo seamos ciegos por dentro.
Pascal y yo miramos por la ventana como si fuéramos perros, expectantes.
El tiempo es esa hoja seca que vemos bailar el viento mientras pienso; es también los ojos cansados del gato que trabajan la hoja desconociendo los hilos invisibles que la mueven… el tiempo es hasta cuando no es… y es la música por sonar.
Nunca sabemos cuánto nos queda.
Puede ser hoy, tal vez mañana, o pudo haber sido ayer y aún no nos dimos cuenta. |
Fragmento 3
Hoy, hace un año, dije: estoy perdido. Cuando alguien dice “estoy perdido”, está diciendo “Sé dónde estoy, siempre lo supe, estoy perdido”. De no haberlo sabido habría dicho: Estoy perdido. |
Fragmento 4
No sé qué preguntarte y qué no, dice sin que yo descubra si es odio, tristeza o depresión. Esto es muy horrible. Lo que sigue lo dijo llorando y en cada palabra el énfasis decaía. Terminó casi susurrando. Desde que te fuiste del hospital sentí las peores cosas. Se acababa de morir mi bebé. Hasta ayer estaba prendido a mi teta. Hoy tengo todas las hormonas dadas vuelta, estrujadas. Encima vos me abandonás y más encima te llevás a mi hijo. Me sentí tan seca. La leche es el único fluido que tengo pero ya no llegará a ninguna boca. No sé ni lo que siento. Me dejaste vacía de abrazos. Y es como si además, al llevártelo, hubieras transformado mis últimas fuerzas en bloques de cemento. Tuve que ser cuerda cuando no podía. Esto último casi no se le entendió. De golpe toma una bocanada de aire y ya sin llanto grita: ¡decime algo por favor. Por qué te lo llevaste!
Pienso que todo lo que dice es cierto, es así. Un poco de egoísmo pero por locura y otro poco por ceguera. Qué decir. ¿Me estás escuchando? Todo. ¿Entonces? Entonces ya lo hablaste todo vos y claramente. Tendría que decirte que me equivoqué y empezar a repetir exactamente tus palabras. Me equivoqué en todo.
Insatisfecha y ahora sí enojada dice que hubiera preferido que me defendiera. Necesito transformar la leche en hacha y cortarte en pedazos. En ese caso puedo decirte que volvería a hacer todo igual, le digo. Y si no hubiera habido auto, me lo habría llevado corriendo. De hecho, fue lo primero que se me ocurrió. Cuando murió, tuve ganas de vomitar y salir corriendo. Vomité y salí en el auto. Perdón. Verdaderamente perdón. Si esto hubiera pasado al revés, no sé qué habría hecho. O sí. Fue hasta salvaje. Le explico que se me cerró el mundo y que ella desapareció con él. En él. No sé no sé no sé, repito una y otra vez. |
|